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Con alguna frecuencia suele antagonizarse la educación en ciencias, que enfatiza en la formación del ciudadano, con aquella que apunta a la formación del profesional en ciencias. Esta polaridad se justifica cuando se concibe que la formación de los profesionales de las ciencias naturales y la tecnología poseen un carácter continuo, esto es, que existe un derrotero lineal —del cual es responsable la escuela como institución— para llevar al alumno de un no-saber, a un saber disciplinario. Dentro de esta concepción los temas que se
estudian en el aula se seleccionan desde las disciplinas científicas
terminadas, por razones que nos remiten a su importancia y
universalidad. Los ejemplos de esta tendencia son numerosos, entre
otras cosas, porque tal es posiblemente la idea de formación en
ciencias que ha orientado la elaboración de los programas oficiales
y los textos.
​En el otro extremo —y desde la misma perspectiva— la
formación ciudadana en ciencias enfatiza en el tratamiento cualitativo
de los grandes temas de las ciencias y la tecnología y, en particular,
de aquellos que por las angustias contemporáneas aparecen como
determinantes, por ejemplo, para la toma de decisiones responsables
y la elaboración de juicios acerca de políticas de desarrollo. En la
actualidad, entre estos temas encontramos la ecología, los problemas
de la energía, el desarrollo sostenible, etc.
Las dos posiciones no son antagónicas de principio, tan sólo
enfatizan en aspectos diferentes de la misma concepción. Tanto la
“profesionalista” como la “culturalista” parecen inspiradas en una
misma idea acerca de lo que es la ciencia (y la tecnología): la ciencia
se concibe como un producto terminado que o bien hay que utilizar
productivamente (para lo cual debe haberse aprendido), o bien hay
que utilizar responsablemente.